Homenaje a Carlos Páez Vilaró

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Las gaviotas del 60 no lo podían creer. ¿Quién era ese personaje flaco, pensativo y gesticulante, que recorría arriba y abajo las milenarias piedras del cerro, a veces con un papelito en la mano, interrumpiendo la acostumbrada monotonía de algunas chicharras, moviendo atrevidamente la siesta de alguna crucera mientras pisaba con respeto los pastizales rústicos doblegados por el viento? Confundidas, ellas sólo graznaban perplejas mientras observaban. Por momentos incrédulas, por momentos indiferentes, pero siempre con el ojo puesto en el flaco, revoloteaban guardianas, entre sargos o algún pejerrey desprevenido que se sumaba al menú, mientras infructuosamente trataban de entender a qué se debía esa gente que hormigueaba por el lugar. De a poco, la entonces descabellada locura comenzaba a tomar forma. Una pared endeble acá, una ventana salida de no se sabe dónde y esa forma nunca vista que crecía tomando cuenta de la geografía del lugar, se levantaba pesadamente, acomodándose al paisaje sin prisa y sin pausa, como se levantan las leyendas aún antes de saber que lo son.

Carlos, nunca maduro, como todo artista que se busca, venía de recorrer el mundo, del que nada se conocía sin llegar a él. Hizo su viaje a donde quiso y en pincel, misterioso medio de transporte reservado a algunos audaces jinetes del arte, con especial predilección por aquellos rincones donde la raza negra trazaría en forma indeleble su relación con la cultura africana. Su espíritu inquieto lo acercó a compartir talleres y tertulias con artistas dela talla de Picasso, Dalí, Calder y De Chirico, o a marcar su corazón conviviendo con el Dr. Albert Schweizer en el Leprosario de Lambarené.

A las gaviotas les costó poco aceptarlo. Ese flaco pretendía trabajar y vivir allí. Después de todo, era como ellas: un espíritu libre, amante de sus tiempos, del mar, del cerro, del sol y del viento, que buscaba el mejor lugar para su nido…así, con apasionada paciencia y con esmero, las formas raras les fueron gustando poco a poco, y de a poco, como muy pocos en la historia, él mismo fue el lugar.

Carlos Páez Vilaró completó un ciclo envidiablemente perfecto. Encontró su lugar en el mundo adosándole una enorme ventana al horizonte, levantó paso a paso una escultura habitable donde el arte nos sorprende a cada paso mientras buscamos infructuosamente una línea recta, refugio de amistades, talentos, pinceles y recuerdos, un atelier colmado de vericuetos, ciudadanos del mundo que nunca se van del todo y rincones de conversación siempre insuficiente, de corazón abierto a los nuevos artistas y al hipnótico ritmo del “bo-ro-co-tó-cha-chás” del candombe, que acompañan desde el color la grupa de su amado lomo de La Ballena, hoy integrado a su nombre.

carnaval 2013

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